Nunca llegué a imaginar que sería en un aeropuerto donde ocurriría un encuentro con una persona tan especial e importante, la que sería una de las mejores, si no es que, la mejor de mis experiencias. 

Me llamo Tamara, tengo 23 años, soy originaria de la Ciudad de México, pero actualmente radico en Tijuana, vivo sola, soltera, (a medias), y sin hijos. Actualmente no tengo una relación oficial, pero estoy saliendo con alguien, un sugar daddy. Llevamos 5 meses juntos y puedo decir que hasta ahora me encanta esta relación. Nos conocimos por mera casualidad. Debido a que viajo frecuentemente a la CDMX para visitar a mi familia, soy una pasajera frecuente de una aerolínea en particular, y por supuesto, una visitante frecuente del aeropuerto.  

Un bello y gélido día de invierno arribé a la ciudad de Tijuana y para mi fortuna, el Uber no podía recogerme dentro del aeropuerto, así que tuve que optar por un taxi, pero la cola para taxis seguros era larga y me urgía llegar rápido a casa porque se me hacía tarde para alistarme e irme a trabajar, así que decidí tomar un taxi libre, irónicamente otra persona paró al taxi al mismo tiempo que yo, al parecer ambos teníamos prisa; él era un apuesto Piloto, no pudimos evitar sonreír, casi con una sonrisa que iba acompañada de una mirada retadora digna de una pelea cómica del viejo oeste, pero como dos adultos civilizados, decidimos compartir el transporte. El taxista por supuesto, no tenía reparo alguno, por el contrario, más dinero para él.

Curiosamente vivíamos muy cerca, mi casa estaba antes que la suya, en el camino, pero al momento de planear la ruta con el taxista pudimos darnos cuenta de que éramos casi vecinos, y claro, como era de esperar, no fue posible evitar una charla amable durante el trayecto a casa. Notamos que teníamos algunos gustos en común, y para ambos fue grato conocernos ese día. Ambos veníamos de vuelos estresantes, supongo que él más que yo. Al final fue tan agradable la plática que terminamos intercambiando números para encontrarnos algún día y continuar la charla. Me despedí y él siguió lo poco que quedaba de camino a su casa. Guardé su número y debo admitir que, desde que lo vi me quedé flechada con él, me fue inevitable verlo tan atractivo vistiendo ese uniforme, ¡es una visión hermosa aún en mi mente! 

A los pocos minutos recibí un WhatsApp de él, sentí una extraña alegría al ver que era él, pude pensar que era recíproca la sensación de esa atracción inesperada; el taxista es el único testigo material del inicio de lo nuestro, lo que sea que tengamos. Platicamos mucho por WhatsApp y llamadas, incluso videollamadas antes del segundo encuentro físico, ya que ambos tenemos vidas muy ocupadas, yo entre el trabajo y la universidad apenas me doy un respiro cuando puedo y cuando es así solo quiero descansar, pocas ganas tengo de salir a dar la vuelta; fue bueno mantener un trato cibernético antes del primer encuentro “bien”, a pesar de habernos conocido en persona, por casualidad, me quise dar el tiempo de conocerlo un poco más antes de salir con él en una “cita”, se formó una especie de relación y aprecio, duramos así alrededor de un mes antes de vernos nuevamente en persona, el día del taxi en realidad no contaba. 

Él es mayor que yo por 10 años, pero creo que hicimos buen “clic” desde el primer día, o él es muy inmaduro para su edad o yo soy muy madura para mi edad, pero el chiste es que ambos congeniamos y la diferencia de edades, hasta ahora, no ha sido problema alguno. Él como piloto viaja mucho, así que también para él resulta poco probable mantener una relación estable con una persona, razón por la cual se mantiene “soltero”. Parecía que todo encajaba para los dos, para poder tener lo que hoy tenemos. Cuando nos vimos después de un mes de tanto hablar por teléfono fue muy emotivo, hacía muchísimo tiempo que no sentía las famosas “mariposas en el estómago”. 

Acordamos vernos en un bar deportivo, cerca de nuestras casas, era un domingo, aún lo recuerdo bien. Al momento de llegar al bar reconocí ese rostro del que me sentía flechada hacia un tiempo atrás. Nos saludamos naturalmente ya con la confianza de dos amigos. Pedimos unas alitas y cervezas para acompañar nuestro encuentro tan esperado, ¡y agarramos vuelo! Nos enteramos de más cosas que no sabíamos el uno del otro. Entramos en calor después de unas rondas de cerveza, y dentro de nuestra locura, decidimos ir a caminar a la playa, (solo dos locos en pleno invierno lo harían, nosotros). Caminamos un poco por el malecón y mientras nos daba la brisa fría del mar, nos congelamos a los pocos minutos y casi instintivamente, buscamos darnos calor mutuo, así que nos abrazamos y al momento de darme cuenta de que estaba cuerpo a cuerpo con él, lo miré a los ojos y lo besé, ¡nos besamos! Fue un beso hermosamente correspondido, aparte de ser una reacción esperada, porque el sentimiento era recíproco. Nos alejamos de la playa, caminamos hacia el auto de regreso para irnos a “casa”. Pues encendimos una fogata con ese beso, deseábamos estar juntos como “pareja” en ese momento y fue lo que hicimos; llegamos a su casa e hicimos el amor.  

Ambos sabíamos de antemano cómo eran nuestras vidas, un tanto ajetreadas, no disponíamos de horarios que facilitaran o dieran pie a una relación habitual, así que fue estupendo para los dos compartir nuestros tiempos sabiendo lo que podíamos esperar el uno del otro. Aún era temprano cuando, después de una reconfortante siesta, pensamos en ir a cenar para luego despedirnos y regresar a su espacio, cada uno. Cenamos cerca y me llevó a mi casa, nos despedimos sin poner fecha para el siguiente encuentro.  

Pensé en él toda la noche, no sé si él haya hecho lo mismo, pensar en mí. Lo quiero mucho actualmente, y cómo no quererlo si es una parte fundamental de un puñado de experiencias positivas que he vivido en estos últimos meses. Nos vemos cada que podemos, a veces cada semana y en otras ocasiones cada quince días, varían mucho los lapsos de tiempo entre cada encuentro, pero mantenemos comunicación por teléfono. Hemos sido discretos con lo nuestro porque creemos que así es mejor. Podría ser una relación como cualquier otra, pero la considero dentro del ámbito de las relaciones azucaradas porque él también me ha ayudado económicamente con mis gastos y me lleva de viaje con él, y otros tantos obsequios y beneficios que he obtenido desde que estoy con él. 

Por ejemplo, debido a que él es piloto, me invita cada que se puede a viajar con él, son viajes de un día, casi ida y vuelta, pero es muy divertido compartir esos momentos, bueno, casi nadie que conozco tiene la oportunidad de conocer la cabina del avión, desde donde se opera colosal máquina aérea, y cosas como esas, también he podido viajar en primera clase sin la necesidad de gastar un peso, cortesía de mi SD. La primera vez que viajé con él me sentía super emocionada porque una de las cosas que más me gusta hacer es viajar, lo disfruto mucho, en esa ocasión, recuerdo que nos quedamos el fin de semana en Mérida, hacía un calor tan fuerte que queríamos pasarla en la playa de Progreso, todo el tiempo, pero nuestro hotel estaba en Mérida, fuimos a un bar muy famoso del lugar llamado el Tucho, donde comes delicioso y hay shows de comediantes e imitadores y bailarines ¡increíble!, reímos mucho ese día, nunca olvidaré ese primer viaje juntos, fue el primero de muchos y no sé cuantos más.  

Hemos tenido aventuras muy inolvidables; en ese mismo viaje a Mérida, rentamos un auto para recorrer la zona turística y los dos tontuelos fogosos, cuando cayó la noche y llegamos al hotel, antes de bajar nos besamos pero cometimos el error de comernos ahí en el auto, y casi pasar a tercera base, fue tan de locos porque llegó un policía que nos interrumpió pero casi nos llevan detenidos al MP, fue gracioso pero en el momento pudo haber sido un problema. Nos dimos cuenta de que, por error, podemos olvidarnos del mundo alrededor y engranarnos en lo nuestro sin importar nada, es lindo saber que tienes mucha química con alguien, aunque a veces, pueda ser peligroso, (hahaha). 

En el aspecto del dinero, él me da a veces dinero en efectivo cuando sabe que debo pagar algo, aunque la mayoría de las veces me compra las cosas directamente; algunas veces me ha dicho que no le gusta mucho darme dinero en efectivo porque cree que se ve grotesco, como si pagara por mis servicios, y entonces prefiere transferírmelo por la aplicación interbancaria, ideas chuscas que no sé de dónde saca. Pero suele ser muy generoso con sus obsequios y aportaciones económicas. Para suerte mía, él no tiene compromisos como hijos o esposa, y cosas similares; él siempre me comenta que debido a su trabajo no ha querido comprometerse a algo más serio con una persona, y respeto su decisión, me parece aceptable y prudente.

En algunas ocasiones, cuando disponemos de un reconfortante fin de semana libre de ocupaciones y sobre todo, que él se encuentra en la ciudad, escogemos su casa o mi casa, para pasar el fin de semana viendo películas y comiendo chatarra a gusto, sin culpas; hasta nuestros perritos se hicieron amigos en el proceso, por cierto, tenemos mascota, él me ha dicho que su única responsabilidad seria es su pequeño Terry, un chihuahua amigable y tierno que deja en una pensión de perros cuando tiene que viajar por varios días. Parece ser que ambos disfrutamos de nuestras vidas libres de compromisos, y es que, realmente lo nuestro no está acompañado de falsas promesas, ni de ataduras típicas de una relación “formal”.  

Hemos tratado de respetar nuestros espacios y de compartir dentro de lo posible sin invadir nuestras vidas de lleno. Yo amo mi espacio, mi propio lugar y me parece que él se siente igual que yo, por lo tanto, una razón de mudarnos juntos, no la hay; auguro un buen tiempo más con lo nuestro, no encuentro fallas a nuestro sistema de convivencia, debido a que nos vemos cuando es posible, y cuando sucede nos disfrutamos el uno del otro y pasamos un rato agradable, no hay razones para no hacerlo.  

Se ha forjado una amistad profunda, independientemente del sexo y los beneficios económicos. Creo que tenemos más en común de lo que nosotros mismos estamos conscientes. Siento correcto decirlo, ya que no soy de la idea errónea de creer que no es bueno expresar los sentimientos, que debes limitarte, yo creo lo contrario, creo que es bello poder sentir algo especial por una persona y poderlo expresar libremente es mejor. No necesito de una relación con limitaciones para sentirme poderosa o competir con esta persona a mi lado para marcar mi territorio; creo que es más civilizada una relación de este tipo, libre, en donde dos personas pueden ser tal y como son y no tienen temor de ser o no ser. 

No marcamos las cláusulas al inicio de la relación, naturalmente se fue dando lo nuestro, ni mucho menos planeamos que sería como es. Pero creo que vamos bien. Muchas veces no es necesario conocer el camino para saber que estás en la dirección correcta, y me parece que esta relación mía, es un ejemplo de ello. Nos sentimos cómodos, nos gusta cómo empezó, nada fue planeado, nada cambió en nuestras vidas, por el contrario, encontramos con quien compartir nuestro tiempo sin ataduras. No sé a dónde me llevará mi “relación” con Francisco, pero de momento pienso seguir disfrutando como hasta ahora. Seguiré disfrutando de los viajes y las sorpresas, de nuestros momentos juntos, de nuestras locuras… 


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